Hace tres años nos mudamos a un piso nuevo.
La dirección tenía algo que me llamó la atención desde el primer momento: Calle del Anillo. Ringstraße. En una ciudad alemana a las puertas de la Selva Negra llamada Pforzheim —o Portus, que es su nombre romano, el nombre que más me gusta a mí.
Y claro, cuando llevas toda la vida leyendo demasiado (sobre todo demasiada fantasía) y tu cabeza funciona como funciona la mía, el irte a vivir a un sitio que se llama «la Calle del Anillo», que tiene formar de redondeles atlantes, y que está rodeada de árboles centenarios que te dan la sensación de estar enmedi o del bosque… pues no te deja fría. Es una invitación a que la cabeza se te vaya de viaje a sitios extraordinarios. Y te empiezan a hacer cosquillas las neuronas.
Así, empecé a mirar el patio interior del edificio de otra manera. A pensar en los vecinos, en sus vidas, en todo lo que no sabes de la gente que vive a tres metros de ti. Hay un libro que me encantaba de pequeña, Cuentos de la Calle Broca, de Pierre Gripari —aunque sea «para jóvenes», si no lo has leído, ya estás tardando— donde un barrio entero se convierte en territorio de historias. Y algo así empezó a pasarme a mí con esta calle.
¿Qué pasaría si en este jardín interior, en este vecindario, hubiera algo más de lo que parece?
Esa pregunta, que parece inocente, tardó un tiempo en convertirse en respuesta. Yo no soy la más rápida de mi quinta, las cosas como son. Las historias las tengo que madurar mucho. Las ideas van llegando de sitios muy distintos —un detalle histórico, una mitología que me obsesiona, una emoción que no sé muy bien cómo procesar— y en algún momento se unen los puntos como si fueran lucecitas de navidad, hacen clic en mi cabeza, y aparece un retazo de una historia. Y luego me pongo a tirar del hilo de esa historia, muertecica de curiosidad por saber hacia adónde me lleva.
Esto que te he contado aquí en dos patadas es un proceso que normalmente me lleva años. Laa idea de una historia, el proceso hasta que madura, me llega el click, me pongo a tirar de hilos, saco algo en claro de este tira y afloja… Años.
Y yo lo que quería era escribir. Al principio, quería escribir. Punto. Cualquier cosa. Lo que fuera (y lo hice).
Pero luego decidí que lo que quería escribir era fantasía. ¿El problema? Que me gustan demasiadas cosas. No podía decidirme por una historia sola, por una única mitología, o mundo mágico de fantasía. El clic del Rondel llegó cuando me hice una pregunta diferente: ¿y si en lugar de construir un universo de fantasía con reglas fijas y un tipo determinado de criaturas, me construía un contenedor? Un espacio que me diera libertad total para escribir lo que me diera la gana, sin tener que elegir entre vampiros o elementales o mitología griega o espíritus del folclore alemán.
Así nació el Rondel.
Qué es el Rondel (y qué no es)
El Rondel es un espacio interdimensional. Mayor por dentro que por fuera —eso ya lo sabéis si habéis leído a Gaiman o a Lewis, aunque aquí el concepto va mucho más lejos. Es un nodo mágico, un punto de convergencia entre el mundo humano y el mundo de los seres extraordinarios.
Los seres extraordinarios son todos los que no son humanos corrientes: Cortes de criaturas mágicas, elementales, espíritus, seres de mitologías de todo el mundo. Conviven con los humanos, a veces en el mismo espacio físico, a veces en dimensiones paralelas. La mayoría de personas no los ve. No porque sean invisibles exactamente, sino porque no están mirando con los ojos adecuados, o porque no están preparados para ello.
Los Rondeles están por todo el mundo. El que me ocupa ahora mismo —el que aparece en mis primeras historias— es el Rondel de la Selva Negra, en Portus, en la Calle del Anillo. Sí, exactamente donde yo vivo. No, no es casualidad.
Lo que me encanta de esta estructura —y aquí viene la parte egoísta de la decisión, que es completamente válida— es que me da libertad total como autora. Si en un futuro quiero escribir una historia de vampiros, puedo. Si quiero escribir sobre los elementales de la Selva Negra, también. Si Medusa —que va a tener un papel muy importante en este universo, ya os lo aviso— necesita su propia saga, hay sitio. No me he encerrado en un subgénero. Me he construido un mundo. Así, por la patilla. Porque yo lo valgo.
Lo que ya existe (y lo que está por venir)
El universo del Rondel tiene dos vertientes.
Por un lado están las historias de ficción —las novelas y relatos de Historias del Rondel. La primera, Silvana y el Elixir de la Vida Eterna, es la historia de Silvana Mond, alquimista del siglo XV que lleva décadas buscando el secreto de la vida eterna —no por ambición, sino por amor, porque el hombre que comparte su vida envejece a su lado y ella no soporta la idea de perderlo. Cuando por fin encuentra el elixir que desea, ya es demasiado tarde para él. Lo que hace a continuación desencadena consecuencias que ningún libro de alquimia le había advertido, y la obliga a refugiarse en el Rondel de la Selva Negra: un espacio liminal donde las almas que no han terminado su historia aguardan entre las raíces de un jardín imposible. La segunda historia, El Jardín Humano, ocurre precisamente en ese jardín —donde cada planta está conectada a una persona viva. Literalmente. Nada de metáforas. Ambas son la puerta de entrada perfecta al universo del Rondel.
Ahora mismo estoy trabajando en la tercera de las historias del Rondel, un poco más larga que las otras: Fantasmas en la Nieve. Kat, una viuda de treinta y tantos años, empieza a oír cosas en su piso. Una música que no viene de ningún sitio. Una palabra en el vaho del espejo. Un cuervo que la mira demasiado fijo desde el patio. Y un día baja a investigar y encuentra el Rondel de las Ánimas: un jardín nevado, imposible, donde los muertos que tienen asuntos pendientes esperan que alguien les ayude a cerrarlos. Ahí es donde empieza todo.
Por otro lado está la Biblioteca del Rondel —los libros de no ficción que giran alrededor del mismo universo temático. Mitología, folclore, tradiciones, el origen de las palabras. Son libros que existen también en el mundo del Rondel —literalmente, hay una biblioteca dentro del espacio interdimensional—, que cumplen determinadas funciones dentro de ese universo, y que en el mundo de los seres ordinarios son libros de divulgación para gente como tú, que disfruta sabiendo de dónde vienen las cosas.
El primero ya está aquí: Noches de Sombras — Supersticiones, Rituales y Misterios del 31 de Octubre y el 1 de Noviembre en el Mundo. Un viaje por las tradiciones, leyendas y rituales que rodean la noche más misteriosa del año: desde el Día de Muertos en México hasta rituales ancestrales en Japón o Madagascar, pasando por vampiros, espíritus vengativos, rituales que han perdurado en las sombras y lugares encantados donde el tiempo parece haberse detenido. Historia, antropología y misterio —el primer volumen de la Biblioteca del Rondel.
Por qué este universo y no otro
Hay una respuesta práctica y una respuesta honesta. Os doy las dos.
La práctica ya la he contado: quería libertad creativa total. Y «total» de verdad, no a medias.
Porque claro, no quería limitarme a un solo tipo de fantasía, o de mitología, o de criaturas. Pero tampoco me quiero limitar a un solo tipo de historias. ¿Solo YA? ¿Solo dark fantasy? ¿Solo una estética determinada? No, gracias. Quiero un universo en el que si mañana me apetece escribir romantasy, pueda hacerlo. Y si pasado mañana me da por que Medusa le arranque la cabeza a alguien —spoiler: me va a dar— también pueda. Y si de repente me pica el gusanillo de un hombre lobo resolviendo crímenes por los alrededores de la Selva Negra, que eso también quepa.
Ya sé que esto no es lo que se espera normalmente de una autora de fantasía. Que lo que funciona, sobre todo ahora, es la coherencia de marca, la homogeneidad, el nicho definido. Pero como cantaba mi inmortal Freddie: I want it all. Lo quiero todo. ¿Y por qué no habría de tenerlo?
El Rondel es la respuesta a esa pregunta. Un contenedor lo suficientemente grande como para que quepan todas las historias que quiero contar. Un universo con sus propias reglas —porque las tiene, y son importantes— pero con espacio para la mitología griega, el folclore alemán, los espíritus del invierno, las Cortes de seres extraordinarios y todo lo que se me ocurra en los próximos veinte años.
Y la respuesta honesta: porque llevo mucho tiempo pensando en el duelo, en la pérdida, en lo que queda cuando alguien que quieres ya no está. Quería escribir sobre eso de una manera que no fuera ni edulcorada ni desesperada. Que fuera honesta. Que reconociera que el duelo es complicado y raro y a veces incluso tiene momentos absurdos, y que aun así —o precisamente por eso— hay algo hermoso en cómo la gente lo atraviesa.
El Rondel es el espacio donde eso puede ocurrir de verdad. Donde los muertos no desaparecen automáticamente, sino que a veces se quedan porque algo quedó incompleto. Y donde los vivos que los encuentran aprenden cosas que no sabían que necesitaban aprender.
Es un universo oscuro, sí. Pero no sin esperanza. Nunca sin esperanza.
Si quieres saber más —sobre Fantasmas en la Nieve, sobre los espíritus que habitan el Rondel, sobre Silvana y lo que hizo por amor, sobre la Biblioteca y lo que estoy preparando— la mejor manera es apuntarte a la newsletter. Es donde cuento las cosas antes que en ningún otro sitio, y donde voy a ir desvelando este universo poco a poco.
Bienvenida al Rondel.