Juró derrotar a la muerte. Y le ocurrió lo peor que podía pasarle: conseguirlo.
Viena, otoño de 1464
En El Cuervo Ciego se reunía la escoria de Viena. Ninguna mujer decente habría puesto un pie allí, y precisamente por eso me gustaba. Era un lugar donde nadie hacía preguntas. Donde a una mujer de treinta y cuatro años que viajaba sola, que leía latín y griego, que compraba manuscritos sobre alquimia y que prefería no dar explicaciones, se la dejaba en paz.
Aquella noche había encontrado, por fin, lo que llevaba quince años persiguiendo. Una sola página. Una traducción al latín del Kitab al-Hayat al-Khalida: el Libro de la Vida Eterna.
«La muerte no es un final, sino una puerta…»
—Eso está mal traducido.
Lo miré. Y allí estaba: el hombre que iba a cambiarlo todo. El hombre que envejecería a mi lado mientras yo, obsesionada, buscaría desesperadamente el modo de que ninguno de los dos envejeciéramos jamás. Y cuando finalmente lo consiguiera, ya sería demasiado tarde, y la victoria se convertiría en ceniza, en el mayor fracaso de mi vida. Así, perdería dos veces a quien en ese momento no era más que un extraño: primero a su muerte natural, y luego a un horror que ninguna lengua humana debería nombrar.
Pero aquella noche, en El Cuervo Ciego, yo no sabía nada de eso. Aquella noche solo vi a un desconocido con el pelo castaño salpicado de canas, los ojos gris claro, y las manos manchadas de tinta.
Mi nombre es Silvana Mond. Al menos, ese es el nombre que tomé al casarme con Matthias, y es el único que todavía me importa conservar.
Dicen que las obsesiones siempre nacen de una herida. La mía tiene muchas capas, como la corteza de un árbol viejo. Y si quiero que entiendas lo que hice —y por qué lo hice— tengo que empezar por el principio.
Déjame que te cuente.
***
Silvana y el Elixir de la Vida Eterna es la precuela de El Jardín Humano: una novela de fantasía oscura sobre el duelo, la obsesión y las puertas que nunca debieron abrirse.
Para lectoras de La vida invisible de Addie LaRue y Circe.
